San Cristóbal, RD.-En la República Dominicana vivimos una contradicción que ya parece normal. En el discurso diario, el dominicano vive quejándose: que todo está caro, que el dinero no da, que el sueldo no alcanza, que la canasta familiar aprieta. Las redes sociales están llenas de reclamos, de indignación y de desahogo constante.
Pero basta con salir a la calle para ver otra realidad.
Llegan artistas internacionales, conciertos carísimos, marcas reconocidas, restaurantes nuevos… y todo se llena. Boletas que cuestan más que un sueldo mínimo se venden sin problema. Miles de personas asisten, pagan y disfrutan. Entonces uno se pregunta: ¿no estábamos tan mal?
Parte de la respuesta está en una cultura donde la apariencia pesa demasiado. Al dominicano le encanta “vivirse la movie”. No importa si es con la tarjeta, fiado o prestado: para beber, para fiestar y para figurar, siempre aparece algo. El problema es que ese “resolver” casi nunca es sostenible.
Vamos a la playa aunque no tengamos estabilidad financiera. Salimos a restaurantes mientras en la casa se hacen malabares para llegar a fin de mes. Compramos ropa, celulares y experiencias no porque las necesitemos, sino porque queremos pertenecer, porque no queremos quedarnos fuera.
Y en medio de todo esto, la clase media es la más golpeada.
El pobre come del campo, camina si no tiene pasaje, se adapta.
El rico cuida su salud, come balanceado, hace ejercicio.
Pero la clase media vive ahorcada: trabaja sin parar, come comida rápida, vive endeudada, estresada, ansiosa, tratando de sostener una vida que no puede costear sin sacrificarse.
El estrés se ha vuelto normal. La ansiedad también. Vivimos cansados, pero seguimos gastando. Vivimos endeudados, pero seguimos aparentando. Nos quejamos del alto costo de la vida, pero pocas veces nos detenemos a pensar en el costo de nuestras propias decisiones.
Tal vez por ahí empieza la salida.
Necesitamos volver a poner el bienestar por encima de la apariencia. Aprender a decir sin culpa: “no puedo”, “ahora no”, “no me conviene”. No todo el mundo tiene que poder con todo. Dormir tranquilo, no vivir ahorcado y no deberle a medio mundo vale más que cualquier fin de semana de excesos.
También hace falta hablar de dinero claro y sin vueltas. Entender que la tarjeta no es dinero regalado, que endeudarse para fiestar o aparentar casi siempre termina mal, y que resolver hoy muchas veces es el problema de mañana. Esta conversación tiene que darse en la casa, con los hijos, entre amigos, en la iglesia y en los medios, porque es una realidad que nos toca a todos.
Y hay que revisar qué entendemos por disfrutar. No todo descanso es gastar, ni toda celebración es endeudarse. Consultando con la licenciada en psicología Yolanda Gerardo, esta señala que muchas veces confundimos disfrutar con consumir, cuando en realidad el bienestar tiene más que ver con la tranquilidad, el tiempo compartido y la paz mental que con lo que se gasta. Vivir bien no siempre cuesta caro.
También tenemos que dejar de romantizar el famoso “yo resuelvo”. Resolver sin plan no es valentía, es cansancio. Vivir resolviendo todo el tiempo mantiene a la gente al límite, con estrés y ansiedad constantes. Resolver debería ser organizarse mejor, no vivir apagando fuegos.
Y la clase media, sobre todo, necesita hacer algo valiente: bajarse de la carrera. Dejar de competir por un estatus que no da paz y empezar a vivir de acuerdo con lo que realmente puede. Eso no es rendirse, eso es cuidarse.
Tal vez el problema no sea solo que todo esté caro.
Tal vez el problema es que queremos vivir una vida que no podemos pagar.
Mientras no hagamos esta reflexión como sociedad, seguiremos quejándonos de día y endeudándonos de noche, protestando en público y cargando las preocupaciones en silencio, atrapados entre lo que somos y lo que aparentamos ser.
Porque al final, el verdadero desarrollo no empieza cuando gastamos más, sino cuando aprendemos —por fin— a vivir mejor.



